Acerca de

A pesar de que mi nombre de nacimiento sea Manuel Ramón, durante toda mi vida he sido llamado de forma predilecta por mis familiares y amigos por mi segundo nombre.

Nací en una pequeña localidad al norte de Granada, en donde fui estudiante en un colegio católico concertado hasta los dieciséis años, hasta que por necesidad tuve que trasladarme a otro instituto para poder cursar el bachillerato artístico.

Durante todo mi recorrido académico y vital, siempre he sentido interés por el valor de la palabra escrita, sobre todo por las grandes personalidades que la historia ha concebido. Por cómo cada palabra añadida sutilmente, por ejemplo, en poesía, puede albergar un significado único, algo que en otras modalidades artísticas no sería posible. Por filósofos que han desarrollado una genialidad en vida que pudieron llegar a vislumbrar la posible respuesta a las cuestiones milenarias más frecuentes, y quizás angustiantes, para llegar a ofrecer un significado o valor a la experiencia terrenal y a nuestra limitadísima cosmovisión.

Sincerándome, no he sido una persona que a lo largo de su vida haya leído en abundancia obras de decenas o cientos de autores; me he reservado a escoger, por el momento, varias obras que pudiesen tener una conmoción significativa en mí si fuesen estudiadas y entendidas en la medida de lo posible —pues, ciertamente, entender al plenamente la complejidad literaria de autores como Goethe o Sófocles es algo que solo unas pocas personas históricamente han podido hacer—.

A lo largo de este verano, he leído y anotado a diferentes tipos de autores junto a sus obras. Un ejemplo de ello es Simone Weil con «La gravedad y la gracia». Siempre me había interesado la vida de esta filósofa francesa y cómo sus convicciones prevalecían sobre sus intereses personales, cuestión que contemporáneamente, en la mayoría de casos, sucede a la inversa: los intereses personales o grupales sobrepasan a cualquier ética o valores. Remitiéndome a una de las frases más significativas de este ensayo filosófico: «Abolida la facultad de aplacar el alma con la luz, todo el resto de defectos son posibles».

También he leído la narrativa de Akutagawa y Unamuno, ambos excepcionales, aunque me decanto por el bilbaíno. Del mismo modo, he leído varios poemas de Goethe, Bécquer, S. Juan de la Cruz, Fray Luis de León y, sobre todo, Hölderlin. Realmente no tengo una aversión hacia un tipo de lectura en concreto; puedo leer desde una obra narrativa hasta una apologética o tesis sobre cualquier tema que me pueda llegar a interesar.

En cuanto a mi decisión de escoger esta carrera y no cualquier otra, he de destacar que desde pequeño también he sentido interés por la informática. Estudié psicología durante dos años, pero a pesar de que es otra vertiente de estudio que también me interesa y retomaré en un futuro, supe que a largo plazo no era algo que pudiese suplir lo que realmente me llena, que son la literatura y las humanidades.

La lectura obligatoria que más me llama la atención es la de «Fuente Ovejuna» de Lope de Vega, pues es un autor del que he leído varios sonetos y poemas y que, a juicio objetivo, es uno de los claros reflejos de la genialidad de los autores nacionales que en ocasiones pueden ser obviados y de la belleza singular del idioma español. Nunca he leído esta obra, pero sí tengo una idea general de lo que representa y es por eso que me ilusiona poder leerla por primera vez.

Quizás la que menos me atraiga sea la obra de Voltaire, pues Cándido es una crítica irónica y reduccionista de los planteamientos de Leibniz sobre la teodicea y de la tradición teológica que se desarrolló durante más de un milenio hasta ese siglo. Esto puede llevar a que, debido a la narrativa tan elocuente que Voltaire tiene, personas no tan instruidas en teología —en donde me incluyo— adopten actitudes pretenciosas respecto al valor social e intelectual de esta disciplina; curiosamente, Voltaire seguía la idea del optimismo leibniziano antes del terremoto de Lisboa.

Y si bien es cierto que, como refleja el autor, la Iglesia como institución cometía (y comete) actos realmente cuestionables durante esa época, la transmutación negativa de una forma de pensamiento reduciéndola a lo tangible, específico y superficial aísla cualquier otra idea que no se pueda concebir desde ese yugo. Aunque tenga varias críticas a Voltaire, como por ejemplo la superficialidad cuando escribe sobre la teología o sobre la política y su biografía dirigida por la conveniencia, lo cierto es que el escueto mensaje al que quiere llegar la obra, no es objeto de crítica. En mi opinión, creo que otros autores como Goethe, Dostoievski o, previamente, Baltasar Gracián supieron expresar las ideas generales que se tratan en Cándido de una forma más clara, racional y sin caer en relativismos prácticos.

Con respecto al título de este blog, «Sub umbra alarum», es una locución latina que traducida al español significa "bajo la sombra de las alas". Normalmente, fue utilizada en el Renacimiento con un contexto cristiano para reafirmar la devoción en Dios y confianza en su gracia. En este caso, le he dado una nueva acepción que simboliza la importancia de la razón pura junto a la sensatez e imparcialidad para poder estar libre de todo sesgo producido por convicciones personales. De ahí que el fondo sea un grabado de Gustave Doré representando la lucha entre Jacob y el ángel (Génesis 32:24-32).

Con todo esto dicho (y esperando no haber sido ambiguo con mis afirmaciones), espero que este blog sea de vuestro agrado. ¡Bienvenidos!