Para mi reseña y análisis de Cándido, he utilizado una edición de dominio público, con introducción y notas que contextualizan tanto la obra como ciertas referencias que se hacen en ella.
Voltaire, figura central de la Ilustración francesa, nació en París en 1694 en una familia acomodada, estudió en un colegio jesuita y se hizo pronto famoso por sus sátiras contra el clero y la nobleza, lo que le acarreó cárcel y exilios. Aunque atacaba los privilegios aristocráticos en obras como “Zadig” (1747), nunca dejó de frecuentar salones nobles ni de apoyarse en exponentes de la alta sociedad francesa, con los que mantuvo una relación considerablemente estrecha (por recalcar la relación más conocida, su etapa a sueldo de Federico II). Escribió Cándido en 1759 con unos 65 años, después de una vida marcada por conflictos con las autoridades francesas, temporadas de exilio y una larga carrera exitosa como dramaturgo, historiador y polemista religioso.
La obra de Cándido encaja bien con la forma en que Todorov entiende la Ilustración en sus estudios: no es solo como un repertorio de filosofías, sino como un proyecto que busca aplicar la racionalidad a todos los ámbitos de la vida y “construir en el momento” un mundo mejor, a menudo a través de la heterogeneidad entre historia, filosofía y observación moral. En la novela, toda pregunta genuina que concierne a la humanidad (por qué existe el mal, qué es la felicidad, si hay justicia en el orden del mundo) se presenta no desde una tesis compleja sino mediante escenas muy concretas: el castillo en donde Pangloss enseña que todo va por el mejor de los caminos mientras la nobleza vive aislada en su burbuja de privilegios, el reclutamiento forzoso que lleva a Cándido al ejército, o la guerra entre potencias cristianas que destroza aldeas enteras y deja cadáveres tirados por el campo, el Terremoto de Lisboa... etc. A partir de ahí, el Cándido encarna los tres ejes de la Ilustración de los que Todorov escribe: autonomía, finalidad humana y universalidad.
El preámbulo filosófico y narrativo de Cándido gira en torno al “optimismo” (no hay más que leer el mantra que Pangloss repite una y otra vez), que aquí no representa un estado de ánimo resiliente frente al pesimismo, sino la idea de que este mundo concreto es el óptimo: el mejor de los mundos posibles. Leibniz había intentado explicar racionalmente los problemas de la teodicea partiendo de unos prolegómenos muy claros: Dios es omnipotente, omnisciente y benévolo; no podría querer otra cosa que el bien para la humanidad, de modo que el mundo creado tendría que ser, por definición, “el mejor de los mundos posibles”. En sus ensayos de teodicea desarrolla la idea de que, al haber un número infinito de mundos posibles, una divinidad con esas características escogería necesariamente aquel más justo, más óptimo, casi como si se tratara de un problema de máximos y mínimos resuelto matemáticamente más que moralmente. Curiosamente, Voltaire estuvo de acuerdo con la teodicea leibniziana hasta el Terromoto de Lisboa (seguramente debido a que el concepto de orden entre máximos y mínimos casaba con su deísmo).
Esta idea del optimismo, se rompe en unas pocas escenas. Primero, la expulsión del castillo y el reclutamiento forzoso muestran cómo Cándido pasa de alumno diligente de Pangloss a soldado a golpes, visto en una guerra entre potencias cristianas que arrasa aldeas y mata campesinos que nada tienen que ver con el Estado. Después, el terremoto de Lisboa: decenas de miles de muertos, una ciudad en ruinas y, como respuesta, una Inquisición que decide quemar a unas cuantas víctimas para “evitar” futuros desastres.
Más adelante, el encuentro con el esclavo mutilado de Surinam. Tras haber presenciado todo ese tipo de maldades, Cándido deduce que es difícil seguir defendiendo ese optimismo que su maestro le había enseñado. Añadido a eso, también hay que tener en cuenta todo lo que Cándido ve en América: en su viaje al Nuevo Mundo se expone a territorios y culturas que difieren por completo de la europea.
Cándido, aterrado, sobrecogido, desesperado, ensangrentado, se decía: “Si éste es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo serán los otros?”
Después de perder casi toda la riqueza que se lleva de Eldorado y de ver en Surinam que el bienestar europeo se sostiene, literalmente, sobre el cuerpo destrozado de los esclavos (cosa que, tristemente, sigue sucediendo contemporáneamente), el reencuentro con Cunegunda y la vida en una pequeña granja a las afueras de Constantinopla, en una ciudad que conecta Europa y Asia y que Voltaire sitúa deliberadamente en la frontera entre dos mundos, ya no suenan a “final feliz” convencional, sino más bien como una resolución frente a la manía de justificarlo todo.
Wikimedia Commons: Candide (Voltaire)